Los vestigios de la basílica galorromana, actualizados durante las excavaciones realizadas en los años 1980, demuestran su prolongada existencia en nuestra ciudad. La parte del sitio arqueológico que es visible hoy en día data del siglo III de nuestra era. El conjunto está compuesto por los cimientos de un gran edificio de una superficie de 185 m² aproximadamente que incluían una gran sala que recuerda a una basílica y dos habitaciones anexas, todo comunicado mediante un largo pasillo de 3 m de largo.
El descubrimiento, en 1981, de un busto de piedra que representa a Neptuno plantea la hipótesis de que esta basílica fuera dedicada al Dios romano del mundo acuático, que se convirtió en protector de esta ciudad –hoy en día la nuestra– con excepcionales aguas.